Miércoles, Agosto 10, 2022
   
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La fiesta de Todos los Santos y Difuntos

En España la tradición desde tiempos inmemoriales, de visitar a los muertos, adornando y engalanando sus lápidas con flores, acudiendo así en una peregrinación anual al cementerio, se celebra el día 2 de noviembre, que, dicho sea de paso, hasta hace poco era festivo. En todas las iglesias se ofician misas en memoria de nuestros seres queridos que sirven para acortar los supuestos años de purgatorio en el más allá. Muy ligada a esta festividad está la del día anterior, no sólo por su proximidad en el tiempo, sino por su significado: el uno de noviembre es el día de “todos los Santos”.

Existe una discrepancia sobre la celebración de esta fiesta. Para algunos el creador de esta fiesta de Todos los Santos fue Alcuino de York en el siglo VIII. Es en el año 798 cuando Alcuino escribe y felicita al arzobispo de Salzburgo por fijar esta festividad dentro de las calendas romanas de noviembre, tal como él le sugirió. Pero otros, de la propia Iglesia católica, creen que nace en la decisión del Papa Bonifacio IV que el 13 de mayo de 609 ó 610 consagró el “Panteón de Agripa” al culto de la Virgen y los mártires”, comenzando así una fiesta para conmemorar a estos santos anónimos desconocidos por la mayoría de la cristiandad, pero que por su fe y obras, son dignos de reconocimiento y veneración por toda la humanidad.

Pero es el Papa Gregorio III (731-741) quien cambia la fecha del 13 de mayo al uno de noviembre. Para este cambio la respuesta está en la conversión al cristianismo de los pueblos de tradición pagana. Ellos se negaban a abandonar sus raíces y fiestas. Entonces, los dirigentes católicos pensaron que estableciendo fiestas nuevas que coincidieran en fecha y de similar apariencia doctrinal, con las antiguas y propias de estos pueblos, les sería mas fácil a estos nuevos creyentes ir abandonando sus antiguas creencias, sin que por supuesto supusiera desechar su cultura e identidad.

La festividad de uno de noviembre coincidía con una festividad, pagana, celta la del “Samhein”, fiesta que marcaba el final del verano y las cosechas, para pasar a los días de frío y de oscuridad .En esa noche se creía que el dios de la muerte hacia hacía volver a los muertos permitiendo comunicarse con sus antepasados. También esta práctica era habitual en el pueblo romano pues el 21 de febrero celebraban la fiesta de “Feralia” ayudando con sus oraciones a la paz y descanso de sus difuntos.

Pero no tenemos que olvidar que por la implacable persecución de los emperadores romanos, los cristianos buscaron refugio subterráneo en las canteras y los arenarios de las afueras de Roma de ahí que se les denominase Iglesia de las Catacumbas y añaden de la “Misericordia”. Fueron lugares de reunión, sobre todo durante el reinado del emperador Valeriano. Las catacumbas, que los primeros cristianos excavaron en el subsuelo romano para la practica de su culto y sepultura de sus muertos, se hicieron a lo largo de las distintas vías que conducían a Roma, así como en otras ciudades, respetando la ley romana que prohibía la inhumación en el interior de las poblaciones.

Éstas eran un verdadero laberinto a fin de hacer posible la huida ante las persecuciones, se componen de estrechas y tortuosas galerías de muchos kilómetros de longitud y trazado, con varios niveles unos sobre otros que en algunas cuentan hasta cinco plantas que se hunden mas y mas en las profundidades y que en ocasiones se entrecruzan y se ensanchan para formar lugares de reunión o cámaras de enterramiento

En España, el 11 de febrero de 1953, el Hermano Hilarión en Guadix (Granada) fundó la orden de los Hermanos fossores de la Misericordia. El nombre de esta orden proviene del latín fossores que quiere decir lo que cavan dedicados a los trabajos a la atención y cuidados de los cementerios y enterramientos, materialmente viven de esta labor mediante contratos laborales con ciertos Ayuntamientos en donde prestan sus servicios. En nombre de la Iglesia su labor consiste en: Acogida al difunto y acompañantes a la entrada del camposanto-Procesión al lugar del duelo, custodia apertura y cierre-Limpieza, Administración y todas las tarea que conlleva la administración del Santo Lugar. No hace muchos años formaron comunidades en los cementerios de siete ciudades españolas. Duermen en las necropolis

 

Saca de presos

Tal día como éste, pero hace ya setenta y cinco años, Cartagena se despertó sobresaltada por un tremendo y horroroso estruendo que desquebrajó el silencio de la madrugada otoñal. La aviación nacional sobrevoló el espacio aéreo bombardeando sin piedad todo aquello que encontraba en su caminar. Las sirenas de las fábricas sonaron con potencia, lo que alertó aún más a la población. Los alaridos, la angustia y la desesperación eran el fiel reflejo de los que caminaban en la oscuridad, sin rumbo y con la incertidumbre de no saber si vivirían, serían mutilados o verían destruidas sus casas o negocios. Al fin, todo se detuvo.

El gentío despavorido tomó conciencia como pudo de lo sucedido; muchos se echaron a la calle para levantar el escombro aún humeante, socorrer a los heridos y prestar ayuda a aquellos que la necesitaran; otros, en cambio, permanecieron escondidos es sus casas, sótanos y guaridas. Hubo decenas de heridos, pero que se tenga constancia, tan sólo un hombre y un caballo muerto. Entre tanto, llegaron varios camiones repletos de militares para realizar las tareas de desescombro, que ya iniciaron los vecinos del lugar, y cercar la zona con la finalidad de contener a las personas que se agolpaban sin cesar.

El citado bombardeo significó el primero de los más de cien que recibió este colosal bastión izquierdista en toda la guerra civil. Las familias lloraban desconsoladas y no sabían bien qué ingeniar. “¡Tenemos que hacer algo, esto no puede quedar así!” – Exigían unos vecinos de la calle del Carmen–. Por su parte, los miembros del Frente Popular, que también abarrotaban la zona, coincidían con las demás gentes en tomar represalias. No obstante, como siempre sucede en estas cosas, entre la colérica masa apareció el más salvaje, el que más se hace notar y, con voz endiablada y sonrisa maquiavélica, apuntó: - “¡A por los presos, hay que cargárselos!”

Tras esas palabras, se produjo unos de los sucesos más escalofriantes e injustos que se recuerdan en la marítima. Como respuesta a aquella ofensiva aérea, se llevó a cabo una “saca de presos” de la nueva cárcel de San Antón, formada por cuarenta y nueve hombres de ideología derechista. Los injustos disfrazados de justos, abanderados por la sin razón, condujeron a los reos en un autobús de color verdoso, en dirección al cementerio de los Remedios con la finalidad de aniquilarlos. No fue necesario un proceso justo, ni tan siquiera unos tribunales ad hoc, ellos eran la justicia y por eso respondían de la manera más instintiva y extrema posible, es decir a través de la primitiva venganza.

Al llegar allí, el sanguinario concejal anarquista Manuel Martínez Norte, los dividió en dos grupos, veinticuatro en un paredón y veinticinco en el otro. Los reos invadidos en temblores veían como les llegaba su momento final. Al grito de “abran fuego”, los cuerpos se desplomaron y ya no hubo marcha atrás. Cayeron unos encima de otros, recordando “La carga de los mamelucos”, en el que Francisco de Goya refleja el convulso período histórico en el que los madrileños dieron su vida por defender a España de la ocupación francesa. Las balas atravesaron los cuerpos de los hombres de lado a lado. Algunos no murieron en el acto y estando abatidos sobre la arena, fueron rematados con nuevos tiros y culatazos. Ni tan siquiera tuvieron tiempo de despedirse de sus hijos, ni de sus mujeres, ni de sus padres, tampoco pudieron ser velados dignamente por sus familiares. Allí fueron abandonados como si de escoria se tratase.

El silencio reinó entre los atroces comunistas, quizá al ser conscientes de la salvajada acometida. No hubo marcha atrás, ya estaba todo hecho. Tras el pecado viene la penitencia, y por ello y hasta el final de sus días, esa matanza les perseguiría como la envidiosa sombra persigue al hombre. ¿Justicia? Seguramente no, pero juzguen ustedes; yo simplemente me conformo con que nunca vuelva a suceder.

 

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